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Y, ahora, ¿quien duerme, Ana Elena?.

¿Quien duerme ahora?
Yo no, por cierto.

¿Quién puede no agradecer
las confesiones gruesas,
terribles al teimpo que tiernas?
No yo, desde luego.

Sólo un hijo de nadie
podría no agradecerte,
Elena.

Yo, no es sólo que agradezca,
es que me inclino,
es que me venzo.

¿No es suficiente?
Pruébame, entonces.
Llévame a la ignominia,
a la suciedad y os detritos,
a la sancta sanctorum:
ese espacio entre los hijos sagrados
y la nada.
Yo te agradeceré.

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